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Caballos salvajes en Stolovi: un encuentro que no se olvida

Va por la cresta, lleva media hora solo, y tras una curva hay una manada que le mira como si el invitado fuera usted. Lo es.

En las mesetas de Stolovi viven desde hace décadas caballos en libertad. No son mansos, pero tampoco asustadizos: están acostumbrados a la gente, y justo ahí está el peligro, porque acercarse parece normal, y no lo es.

Leer la manada antes de acercarse

Un caballo habla con el cuerpo, y eso se aprende en cinco minutos. Orejas hacia atrás, pegadas a la cabeza, significan incomodidad o amenaza. Cola levantada y postura rígida significan excitación. Un caballo que le presenta la grupa no huye: se está colocando.

Una manada tranquila pasta dispersa y levanta la cabeza de vez en cuando. Una manada agrupada que mira en la misma dirección ha sido inquietada por algo, y ese es el momento de pararse, no de pasar.

Los potros lo cambian todo. Una yegua con cría tiene un radio de tolerancia mucho mayor de lo habitual, y no hay forma de medirlo de antemano. En época de potros se rodea, por tanto, más ancho de lo que parece necesario.

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Las reglas de un encuentro

No acercarse a la manada, y menos si hay potros. No quedarse entre dos caballos. Bajarse de la bici y rodear en arco amplio, con calma y sin movimientos bruscos. Un caballo que se siente arrinconado responde con las patas.

La bici se empuja por el lado del cuerpo más alejado de los caballos, para que siempre haya algo entre ellos y usted. No porque vayan a atacar, sino porque un caballo que se asusta da un paso lateral más pesado que usted y la bici juntos.

No gritar, no silbar, no acelerar para pasar «antes de que se muevan». El movimiento rápido es lo único que una manada malinterpreta con seguridad.

Si la manada está en un paso estrecho sin rodeo, se espera. Son unos minutos, y es la única opción segura.

Darles de comer: por qué mejor no

Si de verdad quiere darles de comer: zanahoria y manzana, en pequeñas cantidades, con la palma abierta. Nunca azúcar, dulces ni bollería, porque les estropea la digestión y les enseña a pedir comida a todo el que pasa, lo cual es malo para ellos y para el siguiente ciclista.

La palma abierta no es un detalle: los dedos cerrados alrededor de la comida le parecen al caballo parte de la comida. Si se les da, se les da con la mano plana y de lado, nunca delante de la cara.

Pero, sinceramente, es mejor no darles nada. Una manada que ha aprendido que la gente significa comida se acercará a cada visitante siguiente, y entre ellos habrá alguien con un niño y alguien que no sabe cómo se comporta un caballo. La costumbre que usted crea la paga otro.

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Fotografías y buenos modales

La mejor fotografía sale de todos modos a distancia. Una manada en la cresta, la bruma de la mañana, nadie molestándolos: esa es la imagen que merece llevarse a casa.

Un móvil con zoom, quedarse quieto y paciencia dan mejor encuadre que cualquier acercamiento. Los caballos relajados no se ven igual que los caballos que le vigilan, y eso se nota en la imagen.

Y por último: ellos están ahí toda la vida, usted está de paso. La cresta es su casa; la bici es un invitado que cruza el patio.