La mayor parte de los problemas en un río no son los rápidos. Son las cosas que no se ven desde la orilla.
Las ramas sumergidas y los árboles atrapados son más peligrosos que cualquier ola, porque el agua pasa a través de ellos y una persona no. Los restos de hormigón de antiguas presas forman rulos que retienen. Un caudal bajo descubre roca que con caudal alto era inofensiva.
Por qué un árbol es más peligroso que un rápido
Un rápido es potente, pero deja pasar. El agua que choca con una ola la atraviesa y escupe lo que lleva. Un árbol atrapado hace lo contrario: el agua pasa entre las ramas, y el barco y la persona quedan pegados a él con la fuerza de toda la corriente.
Se reconoce porque el agua a su alrededor no hace ruido ni espuma: parece tranquila, y esa es la peor señal posible. La regla es que la madera en el agua se rodea a distancia, y aguas arriba, mientras todavía se controla la dirección.
Si aun así el barco acaba contra un obstáculo, lo único correcto es inclinarse hacia el obstáculo, no en sentido contrario. Inclinarse al contrario vuelca el casco bajo el agua, y ahí empieza el problema de verdad. Va contra todo instinto, y por eso se practica antes en un sitio tranquilo.
Rulos, presas y lugares que retienen
Los restos de hormigón de antiguas presas son lo más traicionero de un río manso, porque parecen un escalón pequeño. El agua que cae por un borde recto cae de forma uniforme y forma un rulo que recircula en todo el ancho, sin un solo punto por el que algo pudiera salir.
Un rápido natural casi siempre tiene salida. Una presa artificial por norma no la tiene, y justo por eso no se pasa ni con caudal bajo. Se porta el barco por la orilla, por exagerado que parezca.
Si alguien queda atrapado en un rulo, la salida es hacia abajo y hacia delante: la corriente bajo el rulo sigue río abajo. Encogerse y dejar que el agua lo lleve más hondo es la única salida fiable, y también va contra el instinto.

Reglas que no admiten excepción
Una regla práctica válida en todas partes: nunca solo, siempre a la vista de alguien, y siempre con chaleco y casco incluso en un tramo que se conoce de memoria.
Con ellas van tres cosas que se llevan en el cuerpo, no en el barco: silbato, cuchillo para cabos y cuerda de lanzamiento si se va en grupo. Lo que está en el barco deja de ser tuyo en cuanto vuelcas.
Y una regla sobre el grupo: se va en orden, delante alguien que conoce el tramo y detrás el más experimentado. Distancia tal que se vea al de atrás. Nadie para donde el de atrás no lo vea a tiempo.
Equipo: las averías son banales
En el equipo, las averías más frecuentes son banales: un pedal de timón partido, un mamparo que hace agua, una goma de bañera gastada. Cinta de reparación, un clip de repuesto y media hora antes de salir resuelven el noventa por ciento.
La revisión antes del agua es la misma siempre: asiento y reposapiés apretados, mamparos secos, timón que se mueve sin agarrarse, hebillas del chaleco que sujetan, casco ajustado para que no caiga sobre los ojos. Dos minutos.
Después del agua se vacía el barco, se abre y se deja secar. La humedad encerrada en un mamparo trabaja durante meses y convierte una grieta pequeña en grande. Es la misma razón por la que la cinta de reparación va en la bolsa y no en casa.

Qué queda por publicar
El plan de seguridad de la carrera, la disposición de los equipos de rescate y el procedimiento en caso de vuelco formarán parte del reglamento oficial.
Hasta entonces vale lo que vale en cualquier río: la valoración se hace sobre el terreno, el día en que se va, y siempre a favor de la opción más prudente.


